El erizo
En la mesa yacía un erizo negruzco que mi padre había capturado por la tarde.
Ahora, era de noche y me había despertado el crepitar de una casa que a lo lejos se incendiaba. Este hecho era el porqué, de que mis padres no se encontraran en ese momento en que me pareció ver a aquel animal mover sus extremidades un par de veces.
Decidí caminar alrededor del erizo con mis diminutos pies, pensé en tocarlo, pero un ruido irrumpió mi tranquilidad e hizo que volteara en otra dirección. El frio de entonces se recolectaba entre mis dedos formando una especie de movimiento en mi cuerpo y por la ventana triangular de la casa, se estampaba aquella llamarada que envolvía la casa de los Felguerez.
A lo lejos el fuego se erguía como espigas de trigo para formar una corona dorada, y el único sonido que se presentaba, no era otra cosa que el chasquido del fuego y las cenizas que caían en forma de bolitas negras al suelo. La sinfonía del fuego me robó por completo la atención, dejando ignorado al erizo que tiempo después desapareció sin dejar rastro alguno.
Algunos gritos que brotaron a lo lejos interrumpieron mi calma, y acto seguido me incitaron a salir en busca de mis padres, quienes se encontraban tratando de apagar el incendio voraz.
Así pues, salí corriendo de una forma que ni yo mismo me creía capaz de hacerlo, descalzo y con mi playera de volver al futuro, corrí y corrí hasta sentir que un vidrio se me enterró en el pie. El dolor que surgió al instante, hizo que me detuviese por un momento. La herida que parecía brillar como una florecita pequeña, me permitió extraer aquel fragmento de vidrio con la viscosidad de la sangre.
En esta parte de la historia, recuerdo haber tomado un respiro hondo que dejo en mi paladar un sabor a humo. El aire para entonces ya no era el mismo, el calor atrapaba las ráfagas de viento que golpeaban mi rostro y mi casa a esa distancia se veía más como una sombra pequeña, que como una estructura de madera. Al dar unos pasos entre las olas de humo grisáceo, un aroma extraño penetró mi nariz y mis pies chocaron con algo que no muy bien distinguí, sin embargo, una breve ráfaga de aire fundido con la luz del fuego iluminó mi vista y aquel objeto con el cual me había topado el cual no era otra cosa que la cabeza de mi señor padre, quien ya no tenía ojos, ni lengua, solo huecos y moscas adentro de ellos. Horrorizado por la presencia de la cabeza, un temblor que parecía no tener fin se agazapo a mi ser. Instintivamente retrocedí dos pasos, di la media vuelta y regresé a casa corriendo, con el miedo devorando mi corazón y mis manos temblorosas. Mientras corría por la vereda de tierra, me pude percatar de que la sombra de la casa incendiándose parecía gigantesca frente a mí y el cuerpo de mi padre yacía pelado como una res en una carnicería.
Antes de abrir la puerta de la casa, me di un breve respiro, el cuerpo me temblaba por completo y aquella imagen no salía de mi cabeza. Los pies me ardían un poco, pero con fuerzas logre abrir la puerta y ante mis ojos se vislumbró aquel hecho inimaginable, el erizo gigantesco y puntiagudo parecía tener un ojo amarillento entre sus filamentos, que succionaban y perforaban los ojos de mi madre. Las luces del fuego que llegaban por la ventana dejaban ver el rostro pálido de mi madre y descubrían el hilo de sangre que rodeaba la cocina, mientras aquel animal no dejaba de succionar su cerebro haciendo ese ruido infernal.
Grité fuertemente como pude, pronto corrí hacia mi cuarto, cerrando la puerta de golpe mientras lss imágenes en mi cabeza me devoraban, y solo cuando cerraba los ojos y apretaba los puños todo se calmaba. El ruido y la luz que recorría el suelo de mi cuarto, me tenían asustado aparentando el pecho contra mí. El animal cada vez se escuchaba más cerca y el ruido que emitía su viscosa forma, era un infierno en mi cabeza que recrea la imagen de mi madre siendo devorada.
Hasta este punto mi diminuto cuerpo, parecía haberse encogido más de lo natural, y mi psique la poseían aquellas escenas grotescas. Abría y cerraba los ojos una y otra vez de forma ansiosa por querer borrar la imagen que se proyectaba en mi cabeza como un programa de televisión, o una película infinita, pero algo dentro de mis ojos, parecía crecer sin fin, una viscosidad negruzca que germinaba entre mis pupilas llenaba el iris con su poder y me dejaba como si poco a poco gozasen de una infección que me perturbaba por completo. Busqué entonces la forma de limpiar mis ojos que ardían de imágenes terroríficas; el cuerpo en canaleta de mi padre que yacía sobre el borde del fuego, la hendidura de la herida en su frente, el humo formando esporas en la luz y el erizo negro emitiendo ese sonido horrible. Pero nada, m el germen de la imagen crecía como un virus en mi memoria, carcomiendo todo a su paso, como el fuego que lo había consumido todo. Hasta que por fin logré encontrar en la mesa de estudio mi viejo compas de metal, sujetándolo con fuerza y con una rabia dejé caer su punta sobre cada uno de mis ojos, matando aquella imagen que se había apoderado por completo de mí, dejando al descubierto la obscuridad.
Comentarios
Publicar un comentario